La operación militar estadounidense que derrocó a Nicolás Maduro del poder en Venezuela expuso la debilidad de las defensas del país, mostrando cuán vulnerables son los sistemas de defensa aérea de fabricación china frente a la guerra electrónica moderna y los ataques de precisión de Estados Unidos.
En una campaña cuidadosamente orquestada, las fuerzas estadounidenses atacaron bases aéreas, cuarteles militares y nodos estratégicos en Caracas, cegando eficazmente las redes de radar de Venezuela y dejando a las unidades de defensa aérea prácticamente inoperantes. La operación se basó en gran medida en la superioridad de inteligencia, la disrupción electrónica y el rápido despliegue del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, los famosos Acechadores Nocturnos y los equipos Delta Force.
En el centro de la red defensiva del país se encontraban los radares suministrados por el Grupo de Tecnología Electrónica de China, incluyendo el sistema de vigilancia 3D JYL-1 y el radar de ondas métricas JY-27. Estos sistemas se habían promocionado durante mucho tiempo como potentes «cazadores de aviones furtivos». Sin embargo, durante la operación, las fuerzas estadounidenses desactivaron estos sensores durante las horas de apertura mediante una intensa interferencia electrónica. Un apagón paralizó aún más las capacidades de mando y control del ejército venezolano, dejando al sistema integrado de defensa aérea ciego y descoordinado.
Con los radares desconectados, los sistemas de defensa aérea de mayor alcance, incluyendo las baterías S-300V y Buk-M2 de fabricación rusa, no pudieron desplegarse eficazmente. Los ataques de supresión contra múltiples sistemas Buk-M2, al menos dos confirmados, neutralizaron su capacidad de respuesta. Sin enlaces de datos funcionales ni control sobre su espacio aéreo, las defensas aéreas venezolanas quedaron desconectadas del mando central, lo que permitió a las fuerzas estadounidenses dominar los cielos en cuestión de minutos.
El colapso del control aéreo tuvo consecuencias inmediatas para las fuerzas terrestres venezolanas. Los helicópteros MH-60M Black Hawk y MH-47G Chinook, junto con los rotores basculantes MV-22 Osprey, ingresaron a zonas operativas con casi total libertad.
Informes oficiales estadounidenses indican que solo un helicóptero resultó dañado y regresó sano y salvo a la base. Se observó a algunos militares venezolanos (FANB) utilizando el sistema 9K338, pero no fue suficiente para afectar el resultado de la operación.
Las unidades de apoyo de fuego, las formaciones blindadas y otros elementos terrestres estaban en gran medida estáticos e incapaces de actuar debido a la falta de información sobre los objetivos y de coordinación en tiempo real.
Los analistas dicen que en un campo de batalla saturado por la guerra electrónica, la incapacidad de integrar sensores, maniobrar y disparar hizo ineficaces a las unidades venezolanas.
They say that the failure was not the result of a single system breaking down. Instead, the operation exposed the broader limitations of Chinese-designed command-and-control architectures under multidomain attacks. When intelligence, electronic warfare, aviation and special operations are integrated into a single operational cycle, hardware alone cannot compensate for structural weaknesses.
The US campaign in Venezuela shows that military effectiveness depends not only on the technology itself, but on the resilience, coherence and adaptability of the entire defense system.